¿Dónde está Dios? (Una pista: es comestible)

Por Bad Catholic

¿Importa la pregunta? La escuchamos en los episodios de crisis religiosa/existencial/de identidad de casi cualquier serie de televisión, generalmente lanzada por algún personaje secundario estúpido y emocional que termina conformándose con cualquier tipo de religión indefinida y tonta. La escuchamos en niños y adultos por igual, únicamente en los niños la pregunta tiene un sentido literal, mientras que en los adultos varía, escuchando cosas como “¿Cuál es el sentido de mi vida?” o “¿Cómo puedo ser feliz?” De vez en cuando la escuchamos planteada con honestidad, un amigo que sufre, que se le ha muerto un familiar, que tiene una enfermedad. “¿Dónde está Dios?” Curiosamente, a menudo he escuchado la pregunta planteada por nuestros ateos modernos. Negarán su existencia fervientemente mientras la vida va bien, se reirán de sus leyes y se acostarán con sus novias, pero cuando sucede un 9/11, cuando hubo un tiroteo en un instituto de Virginia, de repente Dios existe lo suficiente como para ser acusado. ¿Dónde está Dios? Parece que no podemos dejar de mirar aunque creamos que no haya nada que buscar.

Como católicos, tenemos un privilegio enorme en lo que respecta a esta auto-pregunta. Piensa en tus rosarios, piensa en la lectura del Niño perdido en el Templo. De una forma muy real y tangible, María y José se preguntaban; ¿dónde está Dios? Terminaron las fiestas de la Pascua, de vuelta a casa a Nazaret y se encontraron con que Jesús no estaba con ellos. Alejándonos de una interpretación literal del pasaje hacia una visión más personal, se nos revela una verdad preciosa. A menudo atravesamos periodos de gran gozo. Todos hemos tenido – y tendremos – momentos de intimidad con el Señor. Tenemos periodos de oración, de satisfacción y plenitud. Hemos tenido semanas, meses, quizás incluso años de nuestras vidas en los que nos hemos dejado guiar y dar forma por Dios. Hemos estado en retiros, hemos escuchado a Dios, hemos sentido a Dios. Hemos vivido bien. Pero cuando nos alejamos de todo eso, cuando Dios nos pide que volvamos a casa, a nuestra vida diaria, a menudo nos sorprendemos. De repente Dios parece ausente. ¿Dónde está Dios? Esa paz que una vez nos ha llenado de plenitud se evapora en la cara de un mundo enrevesado y lleno de pecado, y nuestros oídos están a punto de cerrarse al susurro del Espíritu Santo por miedo a ser ensordecidos por millones de palpitantes distracciones  que nuestra vida y nuestra cultura nos ofrece.

Y así, como María y José, nos asustamos. ¿Dónde estás Jesús? Pedimos ayuda a nuestros amigos pero no pueden hacer mucho, nuestros amigos no son Dios, y generalmente experimentan cosas parecidas.

Entonces, en medio de esta búsqueda frenética, nos tropezamos con la Iglesia. Y, con silencio y amor, Dios nos dice lo siguiente: “¿Es que acaso no sabías que estaría en la casa de mi Padre?” (Lucas 2,49) Para los católicos, este versículo debería resonar en nosotros. Este versículo debería ser tan significativo y tan reconfortante que nuestras mentes deberían explotar. “¿No sabías que estaría en el Sagrario? ¿No sabías que humillé al convertirme en pan y vino con esa intención? ¿No sabías que estoy aquí físicamente presente y no importa lo lejos que estés de mí? ¿No sabías, cuando terminó el gozo espiritual, que el gozo del Santísimo está aquí para darte la fuerza de cada día? ¿No lo sabías? ¡Te lo dije! ¡Te lo dije, tu tienes que comer mi Cuerpo y beber mi Sangre! ¡Te dije que tenías que orar al Padre por este Pan diario! ¡Estoy aquí! ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios?  Dime, hijo, ¿dónde narices has estado?”

Una de las cosas más difíciles para los protestantes – así me lo han dicho varios antiguos protestantes – es la necesidad de afirmación emocional y espiritual. Por supuesto esta necesidad no está limitada a los protestantes. Dependí de la afirmación emocional durante un tiempo, y casi destruye mi fe. Hablé un poco sobre ello en una entrada sobre la confesión. En los grandes momentos de la vida, en la oración, en la adoración, se sobreentiende que debes experimentar algún tipo de sentimiento, algún tipo de gratificación espiritual. ¿Cómo sabes que estás perdonado? Me siento perdonado. ¿Cómo sabes que eres amado? Me siento amado. ¡Pero somos criaturas humanas! ¡Posiblemente no podemos estar abiertos a ello todo el tiempo! ¡Posiblemente no podemos “sentir” todo el tiempo! En las palabras del Hermano Avett:

La gente, la gente, la gente, hacen que parézca fácil
Simplemente dicen: haz lo que el corazón te diga
Pero a veces no lo sientes
A veces no puedes oirle
A veces no hablará contigo

La Eucaristía es Dios, está ahí para nosotros, independientemente de cómo nos sentimos. Así que sí, toda la alabanza a Él, puedo estar en plena unión con Dios me siento lleno de culpa por ser mal católico. Puedo estar en completa unión con Él cuando me siento como una auténtica mierda. Pero al mismo tiempo, es importante darse cuenta de que, simplemente porque Dios elige presentarse a nosotros a ese nivel físico, no significa que vaya a haber una gratificación espiritual y emocional que provenga de la Eucaristía. Ha habido veces en las que he recibido la Eucaristía, me he arrodillado y he llorado, podía sentir en el pecho la gracia de Dios. Voy a ser todo lo honesto que pueda, la Eucaristía es la única razón por la que no me importa una mierda la evangelización a otros cristianos. Quizá no sea muy apropiado decirlo, pero expresa cómo me siento en la adoración, eso es, es, por lo que moriría. Es por lo que vendería mi alma. Es más roja que mi sangre y más real que la realidad misma. Sólo puede ser expresada así:

Pero la presencia de Dios está allí independientemente de como me sienta.

Así que la próxima vez que un amigo te pregunte “¿Dónde está Dios?” por amor todo lo santo, no le expliques que está en tu corazón, o que Dios está en un día bonito y soleado. Llévale a la adoración, siéntale señálale la Eucaristía y dí “ahí está”. Porque eso es lo que Cristo nos dijo.

 

Traducido por PG

Original en ¿Dónde está Dios? Una pista: es comestible.

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